“Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él.” – Tzvetan Todorov


jueves, 5 de julio de 2007

Montreal – Jerusalén: A 10 años

MONTREAL – JERUSALÉN: A 10 AÑOS
JOSÉ HAMRA SASSÓN
MEDIO ORIENTE: UN MUNDO ENTERO
REVISTA ANTENA RADIO 107.9FM
5 DE JULIO DE 2007

Buenas tardes Julieta (Mendoza), Enrique (Lazcano), estimado auditorio. Este jueves quiero hablar de una experiencia personal. Se trata una efeméride particular que viene a cuento por un par de razones que confluyen en esta frecuencia de radio (107.9FM). La primera es el Festival de Jazz de Montreal, que Horizonte Radio está cubriendo nuevamente este año. La segunda razón es el tema de esta sección de Revista Antena Radio que tengo el honor de presentar cada semana: “Medio Oriente: Un Mundo Entero”. ¿Que qué relación puede haber entre el festival de Jazz y el Medio Oriente? Abusando de su confianza, de eso quiero hablar el día de hoy.
En 1997 me encontraba en Montreal, finalizando la Maestría en Ciencia Política en la Universidad de McGill. Tuve la oportunidad de estudiar en esa ciudad y descubrir la maravilla de lo que significa un verano después de un invierno que se alarga por casi nueve meses. Toda una gestación a la espera del calor. La energía de un verano en Montreal no se entiende sin el invierno que lo antecede ni el que inevitablemente le seguirá. Tampoco sin sus festivales que abarrotan el calendario durante tres meses, en especial el Festival de Jazz, una verdadera fiesta pública donde el Jazz y otras expresiones de la música del mundo confluyen en cosa de 10 días en un maratón de felicidad interminable. Uno acaba extasiado, pero con ganas de más. El Festival de Jazz de Montreal es una experiencia enriquecedora por la dicha que literalmente se respira en ese marco veraniego.
Como les decía, hace 10 años me encontraba en Montreal. Ese verano, en lo que acababa la tesis con la que concluía mis estudios, me di mis escapadas al Festival de Jazz. En una de esas tardes asistí acompañado de
Hadeel Abdo, una estudiante palestina, musulmana sunnita, que había conocido meses atrás. En aquella ocasión Hadeel me platicó de su vida como refugiada palestina. Sus padres, ambos nacidos en Jerusalén, habían escapado a las guerras del 48 y 67. Hadeel nació en Jordania, vivió mucho tiempo en Kuwait, de donde fue expulsada junto con otros 300 mil palestinos en represalia por el apoyo que Yasser Arafat le había brindado a Saddam Hussein tras la invasión iraquí a ese país en 1990. De ahí regresó a Jordania y un tiempo después el gobierno canadiense le había abierto las puertas a ella y su familia. Así es como llegó a Montreal. Recuerdo que en esa plática, franca y amistosa, le pregunté si ella personalmente conocía Jerusalén. Su respuesta fue afirmativa, había tenido la posibilidad de visitar a sus familiares en diversas ocasiones. Pero lo que más me impresionó fue ver sus ojos emocionados, a veces vidriosos, al contarme sobre esa Ciudad Santa para judíos, cristianos y musulmanes, ciudad que hoy israelíes y palestinos reclaman como capital.
Además del homenaje a Louis Armstrong, lo que más recuerdo del Festival de Jazz de 1997 fue aquella charla con Hadeel en la Plaza de las Artes. Yo había viajado a Montreal para especializarme en el conflicto palestino-israelí, pero sobre todo, estudiar la perspectiva árabe, entenderla como una forma de encontrar respuestas comunes. Después de dos años, esa plática había sido el corolario perfecto. No fueron ni las teorías ni los argumentos racionales los que me abrieron esa puerta de entendimiento. Fue la emoción de Hadeel al hablar del encanto que representaba Jerusalén para ella, una palestina musulmana, la misma emoción con la podría hablar un judío israelí. Así entendí la importancia de Jerusalén desde la perspectiva árabe, más de lo que pude haber aprendido durante la maestría. Sin duda, Jerusalén es una ciudad que requiere ser políticamente compartida entre israelíes y palestinos. Emocionalmente lo es, de eso no me queda duda.
Y así como tuve esa oportunidad de convivir con Hadeel en Montreal, también lo hice con ella y otros estudiantes de origen árabe y judío dentro de un proyecto radial que habíamos lanzado a finales de 1997. Se trataba del programa Guesher/Jisr, que quiere decir “puente” en hebreo y árabe, respectivamente. Habíamos presentado el proyecto en Radio McGill, una estación comunitaria auspiciada por la universidad y que se escuchaba en todo Montreal. El objetivo del programa era compartir experiencias culturales entre judíos, cristianos y musulmanes, israelíes y árabes. No hablábamos de política del Medio Oriente, pero el simple hecho de reunirnos cada 15 días en una cabina de radio era por sí sólo un mensaje con alto contenido político: nos quitábamos de encima los lastres del conflicto para convivir entre seres humanos iguales. Judíos y árabes trabajábamos juntos por el simple hecho de romper barreras, de construir puentes de entendimiento.
10 años después de mi segundo festival de Jazz en Montreal, sé que Hadeel, con quien ocasionalmente me escribo, regresó a Jerusalén. Se casó en el 2000 con un palestino residente de esa ciudad y tiene dos hijos. A pesar del muro y de la insufrible experiencia que representa la ocupación israelí en Cisjordania, Hadeel ha trabajado en instituciones palestinas que promueven la paz con el Estado judío.
Esa es otra cara del conflicto. Y sin querer evitarlo, el Festival de Jazz de Montreal que se transmite por esta estación me obliga escudriñar en esta experiencia que es un pedazo del Medio Oriente. Un pedazo que afortunadamente también existe.

1 comentario:

Jorge dijo...

Antes que nada José, te felicito por el esfuerzo de un blog. Siempre que alguien empieza una empresa que aparentemente tiene mucho trabajo por detrás y pocas expectativas por delante, requiere de un doble esfuerzo y continuidad. Como ex-colaborador tuyo en el canal Once, recuerdo muy bien los proyectos que comenzaste desde cero, y que al final de un ciclo específico, permitieron cosechar el fruto de tantas horas de dedicación y que te llevó a dirigir el noticiario.

En lo que respecta a este tema, he de decir (a título personal y a título seguramente de muchos colegas y amigos ignotos en esta materia) que, ya sea por falta de interés particular en el tema, por falta de información compactada en un tomo de bolsillo o simplemente por lo intrincado que resulta el asunto, es realmente complicado el emitir juicios sobre la realidad del conflicto.

Pero desde la perspectiva empírica, de la lectura parcial de diarios y de lo poco que se discute este tema en las sobremesas de las familias mexicanas, existen algunos elementos a considerar que, si bien son obvios, vale la pena resaltarlos para los líderes de opinión en su conflicto.

En primer lugar (y sin entrar en el juego del huevo y la gallina) debe de señalarse como lógica consecuencia de esta situación a la no separación (en tiempo y forma) de las instituciones de gobierno de las instituciones seculares. La máxima "A Dios lo que es de Dios y a Cesar lo que es del Cesar" bien puede ser la piedra angular de un conflicto por una supremacía en un terreno físico.

Esta situación de ambigüedad (que permite además confusión sobre cuales son los terrenos del derecho y de la religión) deviene en un segundo aspecto (que no se enlista necesariamente como segundo en una línea de jerarquía):el ámbito territorial.

Este ámbito, el territorial, el de los recursos y el aseguramiento de bienes materiales que permitan a sus futuras generaciones su supervivencia como cultura, encuentra su culminación en la disputa por la representación de lo divino en la tierra: una edificación sobre polvo.

La idealización de una realidad divina materializada en un objeto concreto, tangible y “atesorable”, como lo es Jerusalén, debiera ser reconsiderada en los más altos niveles de las respectivas jerarquías religiosas como uno de los elementos a transformar en el conciente colectivo. Si bien se puede hablar de lugares sagrados (y peor, compartido por las tres grandes) como el elemento tangible sobre el cual se aglomeran los sentimientos de pertenencia a una cultura, debiera de dársele más importancia a los valores intangibles, los morales, los que, además de Jerusalén, son compartidos por la mayoría de las religiones milenarias.
En este sentido, la disolución conceptual entre lo sagrado y lo terrenal, permitiría abrir nuevas vías al conflicto que parece ensañarse con unas latitudes y longitudes tan exactas que, para un agnóstico como yo, podría parecer (ese mítico lugar) todo lo contrario a divino.

Ese objeto del deseo, —o la representación política sorbe el control de unas piedras milenarias unidas con argamasa— debiera pues, convertirse no sólo en una disputa local, sino en una discusión mundial. Si el valor físico del complejo religioso tiene un valor tradicional que rebasa los ámbitos locales (y que a todas luces lo hace) debiera de nombrarse una administración colectiva sobre ese bien, que asegurara la no pertenencia a nadie, o lo que es lo mismo, la pertenencia de todos.

Simplificando: cuando los niños se pelean por un cochecito, se les impide a ambos ejercer un poder absoluto sobre el juguete y santo remedio.

Pero esta solución no es viable cuando no ha sido posible hacer entender a los dos en conflicto que el objetivo final no es la posesión del cochecito, sino la diversión que pueda emanar de la interacción con él. Y además, que no entienden que es más divertido jugar de a dos, que de a solitario.

Pero no es un juego de niños. Hay múltiples vidas humanas involucradas en este juego y muchas de ellas, aparecen como fantasmas en los diarios. Ya no pertenecen a este mundo, murieron por una causa que creyeron justa, o simplemente, murieron en un fuego cruzado. Parece que la frase "morir de una bala en Palestina es morir de muerte natural" (parafraseando a la frase acuñada en Culiacán Sinaloa debido al narcotráfico) cobra sentido, y al mismo tiempo, pierde sentido toda una lucha territorial ligada a un espacio sagrado.

En tercer lugar, debe resaltarse que la mayoría de la opinión recabada por este humilde urbanita (que no urbanista aún) nacido en el seno de una familia de izquierdas no radicales pero que fue educada en un laicisismo completo, en escuelas tipo “Summerhill” y donde no existieron tradiciones que rebasaran las navidades (tradiciones robadas y además, bien usadas) es que el conflicto es uno que, además de absurdo a los ojos educados, es uno en términos de desigualdad. Se cumple pues, la mítica escena de David contra Goliat. Por más que los medios masivos de comunicación intenten promover una imagen distorsionada e imparcial sobre la mayoría de la población Palestina (por no hablar de los Sirios, los Afganos, los Iraquíes) y los quieran presentar como seres humanos atados eternamente a un cinturón con una bomba (cosa muy lejana a la realidad de la mayoría árabe), siempre existirá el ojo crítico, el que desde la trinchera de la lejanía, pueda ver el problema desde la parte trasera del espejo.
Las reiteradas asociaciones de un grupo humano determinado con acciones de terror, terminan por convertirse en una realidad irrefutable para los ojos que así lo desean ver, porque no quieren ver el otro lado del espejo.

Cierto es que en "ambos" bandos (por ser “reduccionista”) existen polarizaciones y posturas tan radicales que recuerdan a los discursos de corte fascista. Tanto el no reconocimiento de la existencia de un Holocausto como una atrocidad de lesa humanidad, como el no reconocimiento de la ilegitimidad del uso de las armas para el establecimiento de un Estado Israelí, son posiciones muy cercanas dentro del mismo anillo.
Por momentos parece que este conflicto es la imagen misma de Ouroboros, la mítica serpiente que se come a si misma. Habrá que preguntarse en realidad a quien conviene que este conflicto se extienda indefinidamente y si de verdad los intereses que parecen defender de manera vehemente son los que realmente están en juego.

Jorge Montejano
Barcelona, España
Julio 2007